La imagen resalta prepotente y descabellada de la pantalla. La propuesta me anima lo suficiente para seguir rebuscando dentro de la bolsa de popcorn. Se trata de una bota negra bajo una luz granulada a estilo documental de los cuarenta. El pie, y supongo que también la media, le pertenece más nada que a Ernesto “Che” Güevara (es preciso notar el énfasis de la pronunciación errada de la primera sílaba), interpretado por Benicio del Toro.
En su más reciente cinta cinematográfica “CHE: Parte I” ó “El Argentino”, como le han subtitulado, nos encontramos con un Benicio que lucha, no sólo a favor de la revolución cubana en contra de un ejército fantasma al mando de Batista, sino que también, contra la plétora de actores secundarios del proyecto encaminado glutinadamente por el director Steven Soderbergh, conocido cinematógrafo de otros filmes hollywoodenses como “Traffic” y la trilogía de los “Ocean’s Eleven, Twelve & Thirteen”.
“CHE: Parte I” comienza con una serie de entrevistas dirigidas hacia el protagonista de mismo nombre. La entrevistadora, conocida sólo por su voz, y a veces, si más no recuerdo bien, por algunos vestigios de su rostro, es americana. Vemos, desde el principio hasta el final cómo se dirige hacia el Che en busca de respuestas. “Che Güevara...” dice la mujer americana justo antes de inculcar su primera pregunta al humo de cigarro que poco a poco se hace ver como el porte indistinguible de Ernesto Guevara, y mi mente no tarda mucho en pensar en huevos, un par de huevos grandes: quizás, o lo más probable que no, otro intento o sub-elemento misógino y sonoro de parte del director.
En esta interpretación biográfica de la vida del Che vemos a un Benicio que constantemente, sin detenimiento alguno, da su espalda, casi al desnudo, hacia la cámara, y sobre todo, al público. La imagen simbólica de lo que ha llegado a conocerse tan simplemente como Che no es ofrecida gratuitamente, se requiere un gran esfuerzo de parte de quien sea que frecuente las salas de cine de la isla por el costo de $6.50; cabe decir que estos son factores esenciales de la maquinaria de un sistema auto-capitalista. En muchas ocasiones me sentí completamente exhausto tras haber tratado, una y otra vez, de alcanzar la imagen fútil y mal lograda de Ernesto, el argentino. Sólo excluyendo las escenas de los discursos en la ONU, ambos incluidos, Soderbergh y Del Toro, comunicaron un gran sentido de incomodidad al enfrentarse al Che, y creo muy bien que estaban consciente de ello. En cada momento en el que la situación se les tornó demasiado difícil de manejar, optaron por la ruta más conocida y menos riesgosa: presumidamente dar la espalda y correr, factor que últimamente lo terminó pagando el lente de cualquiera que haya sido la cámara.
La primera parte de CHE, insípidamente titulada “CHE: Parte I”, no es más que meramente un “slideshow” a estilo collage de un niño mocoso de primer nivel de kindergarten. No existe ningún tipo de coherencia fílmica a través de la película. El editor, Pablo Zumárraga, que más bien pudo ser, en otra vida, un Picasso severamente atrofiado por el peor tipo de Alzheimer’s, logró (si es que se puede dar uso al verbo) encapsular en dos horas de filme un manual para cualquier editor que quisiera aprender sobre qué no hacer a la hora de editar un largometraje. Excluyendo únicamente la última cuarta parte de la película, no hubo técnicamente algo cercano a la propia definición de lo que supone que consista la palabra escena. En CHE no existen escenas, sino, más bien, cortos lapsos de tiempo, unidos meramente por un adhesivo, cual pega no rinde ni siquiera par un viaje familiar en carro. Aunque, quizás, después de todo, pudo haber sido la ilusión del despegue la que me encaminó a hacer este tipo de comparación.
La mayor parte de CHE, se podría decir que la mitad del filme, fue grabada aquí mismo en Puerto Rico. Otro factor que terminó hiriendo el costado del director de dicho proyecto. El ambiente es demasiado común, no tan sólo por el hecho, del punto de vista de los habitantes, de estar acostumbrados al rampante verde de la isla, con sus montes y arbustos, sino que llega el momento en que el ambiente abruma lo suficiente para provocar potencialmente, a cada uno de lo espectadores, varios ataques asmáticos. No es por casualidad que nos encontramos a un Che que innumerablemente a través del filme sufre por su ya conocido e infame padecimiento de salud. Pero su sufrimiento no es, para nada, creíble. Ninguno, ni el director o el escritor, encontraron la manera correcta de hacer del "motif" algo cercano a significativo o relevante para el transcurso épico del Che. Elemento que, al contrario, exitosamente fue implementado en el pasado biopic del personaje de Ernesto Guevara “The Motorcycle Diaries” dirigido por Walter Salles.
Si de algo sufre CHE es de una infección viral de actores secundarios, terciarios, cuaternarios y otros adicionales, a los que en la industria se les conoce simplemente como “extras”. Benicio si más bien tuvo que palidecer de su propia actuación, también tuvo que cargar con la milicia de hormigas de actores que contagiaron la película, minuto tras minuto. Lo mejor conocido como mala actuación es fosa común en este filme con duración de 2 horas y 5 minutos. Desde la pésima, repetitiva y degenerada interpretación de Fidel Castro hasta la reacción demorada (y a veces prematura) de los extras tras varias explosiones y detonaciones siendo ramificadas a lo largo de las calles de Cuba hacen ver del proyecto uno consumido por la prisa y mediocridad. El escaso conocimiento del director yace completamente expuesto en la pantalla. No hay rastro de un entendimiento básico que habría de esperarse de una historia de tal magnitud, como la del Che, por primera vez llevada al cine a manera de escala grande.
En CHE acontecemos una arritmia a estilo “Guitar Hero”, videojuego que recientemente se ha apoderado de las consolas en las salas de los hogares. Vemos cuán ineficiente y con falta de realidad reaccionan los múltiples actores y extras cada vez que se les pide de ellos un trasfondo creíble en la pantalla. Los campesinos caminan en líneas rectas, cada uno cuidadosamente detrás de otro; el ejército a cargo del Che celebra sus victorias en círculos perfectamente orquestados; en una parte de la película, justamente en el momento en el que Che despacha alguno de sus seguidores, otra manada de lobos de frondosos bellos faciales hace su entrada majestuosa como si estuviésemos hablando de la entrada a escena de Uncle Jesse del programa televisivo "Full House". CHE, desde la visión de Soderbergh, mimetiza, más que nada, un juego cual objetivo es oprimir un botón de plástico justo en el momento (menos) indicado.
Cualquiera hubiese pensado que si algo bien fuese hacer el director, sería las escenas de batalla. ¿Quién mejor que Hollywood para hacerse cargo de los fuegos artificiales? Pero, nuevamente, hubiésemos estado en lo incorrecto. Si hay una metáfora para CHE, no hay que ir más lejos que "train wreck". Y también, no debemos de tomar por coincidencia que literalmente ocurra un descarrilamiento de un tren al principio de la última mitad del filme. CHE es un constante y desapacible crescendo de cuerdas cuyo destino únicamente apunta al choque inevitable.
A lo largo de CHE la revolución a cargo de Fidel Castro y Ernesto Guevara se enfrenta ante un ejército aparentemente fantasma. No es hasta al final que la cámara se atreve a enfocarse en un rostro de la oposición Batistiana. Fácilmente podríamos asumir la guerra en CHE como un cuento de hadas, una falacia, una incursión militar atrás de un enemigo invisible y sin nombre. Por otro lado, podemos observar, casi al final de la película, cómo uno de los soldados más allegados al Che muere en batalla y Che simplemente, sin emoción alguna, dirige su mirada hacia sus compatriotas y les indica: “no permitamos que su muerte sea en vano”. Si por algo suplica la primera parte de CHE es por su humanidad.
Tampoco sería justo privar totalmente de reconocimiento artístico el trabajo de Benicio del Toro. Hacerlo sería desertarlo en una isla rodeada por actores puertorriqueños cual capacidad no rinde para diferenciar la actuación teatral de la cinematográfica. El Che de las escenas que ocurren dentro de los Estados Unidos merecen la estima de la más alta calidad. El movimiento rabioso de la cámara en esos pocos instantes dentro de los perímetros de la ONU hicieron de la primera parte de CHE digna de apreciación.
"CHE: Parte I" nos presenta un Benicio inmediato, fácil de digerir, deberíamos decir, demasiado de fácil, a millares de distancia de lo que se consideraría una actuación de mayor dificultad. Si el papel tuvo alguna dificultad para Benicio del Toro, fue simplemente el tener que crecer la barba.
Tras la victoria de la revolución, en los últimos segundos de filme, el director hace otro repentino corte al Che, lo encontramos montado en una camioneta de ejército. Se dirige hacia la ciudad. Un convertible rojo pasa frente a él y al notar que es conducido por algunos compañeros de su milicia los manda a detenerse. Enfurecido les pregunta “¿Qué ustedes se creen que hacen?” Los jóvenes le indican que el convertible le pertenecía a un soldado del ejército de Batista que resultó muerto y que lo habían cogido para ellos por cuestión de no echar el automóvil a perder. Rápidamente Che les impone regresar el carro. Y le resalta que el robar es un acto cobarde, que si al llevarlo de vuelta no consiguen autobús que los regrese a la ciudad, que no les quedará más nada que caminar de regreso. Los jóvenes hacen un viraje en u y hunden el pedal en dirección contraria a la que el Che se dirige. Entonces es que el Che se detiene por un momento y exhala un fatigado “Increíble” hacia su conductor. Es la primera vez que Benicio y Yo no nos reservamos la misma opinión. Increíble.